Iglesia Luterana “La Santa Cruz”
Oaxaca, México

Capítulo 25: La salvación por la gracia de Dios por medio de Jesucristo

SALVACIÓN POR
LA GRACIA DE DIOS POR MEDIO DE
LA REDENCIÓN EN JESUCRISTO

LA GRACIA SALVADORA DE DIOS

  1. La necesidad de la gracia. Todos los hombres han pecado (Ro. 3:23) y son, por tanto, culpables ante Dios (Ro. 3:19), bajo la maldición de la ley (Gá. 3:10), y merecen la muerte (Ro. 6:23). Dejado a sí mismo, es absolutamente imposible que un hombre gane su propia salvación, porque «por las obras de la ley ningún ser humano será justificado» (Ro. 3:20). La salvación por el mérito de nuestras obras es imposible. De ahí que la gracia divina es necesaria para que seamos salvos.
  2. La realidad de la gracia divina. La gracia de Dios no es una imaginación o una posibilidad, sino un hecho divinamente revelado. Movido por su amor y compasión hacia el hombre, Dios decidió salvarlo por la muerte de su Hijo (Jn. 3:16; Ro. 5:8-10). La gracia de Dios, pues, es la causa motora, y la redención por Cristo es la causa meritoria de nuestra salvación. El hombre, perdido por sus propias obras, es salvado por la gracia de Dios en Cristo. «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres» (Tit. 2:11). «Por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef. 2:8, 9). La salvación por las obras es imposible; por la gracia, es segura. «Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia» (Ro. 4:16).

    Esta doctrina de la salvación por gracia es la que distingue a la religión cristiana de todas las otras religiones en el mundo. Todas las otras enseñan que, porque el hombre pecó, él debe hacer enmiendas y apaciguar la ira de Dios. Aunque ellas son distintas en cuanto al método y los medios para hacerlo, todas, en principio, están de acuerdo en que el hombre debe ganar su salvación por sus esfuerzos y méritos propios. La Biblia enseña que la salvación del hombre es conseguida exclusivamente por la gracia de Dios. La ingeniosidad humana nunca podría haber ideado el plan de salvación como está revelado en la Biblia (1 Co. 2:6-10); es algo completamente contrario a nuestra manera de pensar; es una «locura» para nosotros (1 Co. 2:14). Esta doctrina, siendo la más importante de nuestra fe, es la que señala el origen divino de la religión cristiana, mientras que todas las otras son invenciones humanas.
  3. Definición de gracia. En nuestra definición de «gracia» no incluimos esa bondad que Dios muestra a todas sus criaturas (Sal. 145:9), sino que nos limitamos a esa gracia por medio de la cual Dios salva a los pecadores.

    La palabra «gracia» algunas veces es usada como sinónimo de don, cualidad, virtud, o poder que Dios imparte gratuitamente al hombre (Ro. 15:15; 1 P. 4:10). Pero cuando nosotros hablamos de «gracia salvadora», no nos estamos refiriendo a ninguna de estas cosas, ni tampoco a una gracia «infusa» o «preveniente», por cuyo uso apropiado se supone que el hombre es apto para efectuar su conversión. La gracia por la cual Dios nos salva es un atributo o cualidad personal en Dios, que se manifiesta en su actitud hacia el hombre y en sus promesas y dones, pero que no es impartido al hombre. (Ejemplo: Nosotros podemos mostrar nuestro amor al prójimo de diversas maneras, pero no podemos impartirle nuestro amor).

    Según la enseñanza romana, «gracia» no es una cualidad en Dios, sino una infusa «cualidad inherente al alma» del hombre, con ayuda de la cual él ha de hacer el bien y obtener perdón. Cuando la Iglesia Romana dice que somos salvos «por gracia», ello significa algo completamente diferente de lo que nosotros queremos decir cuando afirmamos que somos salvos por gracia.

    La gracia de Dios por la que somos salvos es el «favor Dei», esa disposición misericordiosa, cariñosa, esa buena voluntad de Dios hacia los hombres, por la cual él perdona los pecados a aquellos que merecen la muerte eterna. Es el inmerecido amor de Dios hacia los hombres (Jn. 3:16; Tit. 3:4-5). De este concepto de gracia debe ser excluida toda consideración al mérito del hombre. La gracia de Dios no es afectada, motivada o influenciada en lo más mínimo por cualquier mérito en nosotros; de hecho, la más ligera inyección de mérito y valor humano destruye completamente el concepto de gracia. «Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra» (Ro. 11:6). La gracia de Dios y el mérito del hombre son términos que se excluyen mutuamente. El hombre no puede ser salvado en parte por la gracia de Dios y en parte por sus propios méritos; podría ser concebible el uno o el otro, pero nunca los dos. Puesto que el hombre no puede ser salvado por el mérito de sus obras, por consiguiente, su salvación solamente es posible por la gracia de Dios.

    Es una gracia en Cristo Jesús. Mientras que los méritos del hombre están verdaderamente excluidos del concepto de gracia, los méritos de Cristo deben, necesariamente, estar incluidos. «Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Ro. 3:24). No podía haber gracia con Dios para los pecadores a menos que las demandas de su santidad y justicia hubiesen sido completamente satisfechas por la obediencia activa y pasiva de nuestro Redentor. De ahí que no podemos pensar en la gracia de Dios separada de la redención por Cristo. Dios es misericordioso con los pecadores solamente en Cristo y por amor a Cristo. Aquellos que confían en la gracia de Dios, pero rechazan la expiación vicaria de Cristo, confían en algo que no existe, y un día se encontrarán con un Dios que es fuego consumidor (He. 12:29). La gracia de Dios nos es dada por Cristo Jesús (1 Co. 1:4).
  4. Atributos de la gracia salvadora.
    1. La gracia de Dios es universal. No está limitada a ciertos individuos, los electos, como enseña la Teología Reformada, sino que se extiende a todos los hombres. «La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres» (Tit. 2:11). «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito» (Jn. 3:16). «Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Ti. 2:4; Ez. 33:11). Así como Cristo es la propiciación por los pecados de todo el mundo (1 Jn. 2:1, 2), así también la gracia de Dios en Cristo es para todos los hombres. Sin embargo, la Biblia no revela que hay también gracia y redención para los ángeles caídos.

      El hecho de que solamente pocos son salvos (Mt. 7:13, 14), y que éstos son salvos solamente por la gracia de Dios no anula la verdad de que Dios es misericordioso con todos los hombres. Ambas proposiciones, es decir, que la gracia es universal y que sólo la gracia salva, deben ser mantenidas en base a las Escrituras. Si la gracia de Dios no incluye a todos los hombres, ningún hombre podría estar seguro de ella, ya que cada uno, entonces, estará en duda de si la gracia de Dios es realmente prometida para él. Nadie puede estar seguro de la gracia de Dios si de alguna manera ella depende de sus méritos, ya que nunca podría estar seguro de que personalmente es digno de ella.
    2. La gracia de Dios es activa. La gracia de Dios no es un sentimiento ocioso, sino que se manifiesta en lo que él hizo y todavía hace por la salvación de los hombres. Porque Dios amó al mundo, él envió a su Hijo para salvarlo (Jn. 3:16). «Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8). Por la predicación del «evangelio de la gracia» (Hch. 20:24), Dios continúa ofreciendo a todos los hombres los salvadores beneficios de la redención de Cristo. Todos los hechos de Dios, por los cuales los hombres son traídos a la fe, justificados, santificados, preservados y finalmente salvados por medio de la fe, son motivados por esta gracia. «Por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8).
    3. La gracia de Dios es seria y sincera. Esto aparece no solamente de lo que la gracia motivó y todavía motiva que Dios haga por nosotros, sino también de definidas declaraciones a ese efecto. Dios jura, diciendo: «Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva» (Ez. 33:11). Cristo llora sobre la impenitente ciudad de Jerusalén (Lc. 19:41) y dice: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mt. 23:37). No puede haber ninguna duda de que la gracia de Dios es sin fingimientos, honesta y sincera.
    4. La gracia de Dios es eficaz. La declaración y el ofrecimiento de la gracia de Dios en el evangelio posee un poder inherente para impresionar y mover el corazón y lograr la aceptación del ofrecimiento. La palabra de Dios, la cual ofrece esta gracia, trabaja efectivamente en aquellos que creen (1 Tes. 2:13). Así como la oferta de gracia hecha por el gobernador del estado tiene poder para hacer que el corazón del condenado la acepte, así también el ofrecimiento de la gracia de Dios tiene poder para hacer nacer en el corazón del pecador esa fe por medio de la cual la acepta. La razón por la cual no siempre lo hace no es una carencia, deficiencia, o debilidad de la gracia ofrecida, sino la voluntad perversa del hombre. «Y no quisiste» (Mt. 23:37). «Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo» (Hch. 7:51).